En marzo de 2024, una tragedia personal puso de relieve una realidad brutal: el acceso desigual a la movilidad global dictado por la solidez de los pasaportes. Cuando la tía del autor murió inesperadamente, la necesidad de viajar rápidamente se topó con un duro muro burocrático: su pasaporte indio quedó rehén de una solicitud de visa irlandesa. Este incidente no es aislado; es un síntoma de un sistema profundamente defectuoso donde la libertad de viajar no está determinada por la necesidad, sino por la nacionalidad.

La jerarquía de los pasaportes

El concepto de “privilegio de pasaporte” describe la marcada disparidad en la facilidad para viajar según la ciudadanía del viajero. Las clasificaciones anuales, como el Índice de Pasaportes Henley, revelan este desequilibrio: Singapur actualmente lidera con acceso sin visa a 193 naciones, mientras que el pasaporte indio otorga acceso sólo a 57. Esto no es simplemente un inconveniente; es una forma de exclusión sistémica integrada en el tejido mismo de los viajes internacionales.

Las raíces históricas de esta disparidad son deliberadas. Las primeras regulaciones modernas sobre pasaportes surgieron en Francia en 1792 no para facilitar los viajes, sino para controlarlos. El historiador Andreas Fahrmeir señala que estas regulaciones fueron diseñadas para reprimir la disidencia, prevenir la infiltración y frenar el crimen. Los pasaportes siempre fueron una herramienta de acceso selectivo, favoreciendo a las poblaciones ricas, poderosas e históricamente, a menudo, blancas.

La evolución del control

La Primera Guerra Mundial consolidó el pasaporte moderno como estándar para el movimiento internacional. Los primeros pasaportes británicos catalogaban meticulosamente los atributos físicos (“forma del rostro”, “tez”), reforzando la idea de identificación y control sancionados por el Estado. Si bien los viajes aéreos democratizaron el movimiento a mediados del siglo XX, el sistema subyacente siguió siendo desigual.

El sistema actual supone una carga desproporcionada para los viajeros de las economías emergentes. El Informe de apertura de visas de turismo de las Naciones Unidas (2023) muestra que estas naciones enfrentan obstáculos de visa significativamente mayores. Si bien las economías avanzadas dan prioridad a la apertura turística, mantienen requisitos estrictos para los solicitantes del Sur Global: cartas de empleo, extractos bancarios, alojamiento reservado y tiempos de procesamiento prolongados.

La humillación de la aplicación

El proceso de solicitud de visa en sí mismo suele ser degradante. Los solicitantes de países con pasaportes más débiles soportan entrevistas invasivas, interrogatorios repetidos y rechazos arbitrarios. Los solicitantes africanos, por ejemplo, enfrentan una tasa de rechazo de visas Schengen un 11% más alta. Incluso los solicitantes seleccionados deben sortear retrasos burocráticos, y las embajadas a veces retienen sus pasaportes durante semanas.

Este sistema no es accidental. Refleja un patrón más profundo de explotación económica y colonial. El historiador William Dalrymple señala que en 1600, la India generaba el 22,5% del PIB mundial, mientras que Gran Bretaña producía sólo el 1,8%. En el apogeo del dominio británico, esas cifras se invirtieron, lo que ilustra una transferencia sistemática de riqueza que continúa dando forma a la desigualdad global.

El costo de la libertad

Para muchas personas en el Sur Global, viajar es un lujo reservado a unos pocos privilegiados. El ingreso anual promedio en la India es de aproximadamente 7.300 dólares, mientras que un vuelo de ida y vuelta a Nueva York cuesta 800 dólares, más de una décima parte de ese ingreso. El sistema limita activamente la espontaneidad, el escapismo y el simple derecho a explorar el mundo.

La propia experiencia del autor, al esperar ocho días para recuperar su pasaporte en la embajada irlandesa para un viaje separado, subraya lo absurdo de este sistema. El peso de la solicitud de visa en sí (18 onzas) es una manifestación física de la carga burocrática que pesa sobre quienes tienen pasaportes más débiles.

La realidad es que el “pasaportismo”, como lo acuñó el académico Srđan Mladenov Jovanović, no se trata de viajar; se trata de poder. Refuerza un mundo donde la libertad de movimiento sigue siendo un privilegio, no un derecho.

El sistema no muestra signos de cambiar. Funciona con demasiada eficiencia para las naciones que se benefician de él: las mismas naciones que trazaron las fronteras de aquellas que alguna vez ocuparon. Hasta que se produzca un cambio sistémico, los viajes seguirán siendo profundamente políticos y, para millones, un sueño lejano.