La mayoría de los viajeros que se dirigen a la región de los Vosgos, en el noreste de Francia, buscan pistas de esquí o rutas de senderismo en la región del Gran Este. Podrían detenerse en Nancy o explorar las calles medievales de Épinal. Pero hay una ciudad más tranquila a unos 40 kilómetros al sureste de Nancy que guarda un fragmento de la historia cartográfica de la que la mayoría de la gente nunca ha oído hablar.

Saint-Dié se encuentra a orillas del río Meurthe. No es llamativo. Ya no tiene una población masiva. En 1999, la ciudad contaba con 22.569 habitantes. En 2014, esa cifra se había reducido a aproximadamente 20.315.

Sin embargo, esta modesta capital departamental es importante. Es el lugar donde el mapa del mundo cambió permanentemente.

El nacimiento de un nombre de continente

Si está interesado en saber cómo evolucionan los nombres geográficos, Saint-Dié es un lugar de peregrinación. En 1507 el cartógrafo alemán Martin Waldseemüller se instaló aquí. No se limitó a dibujar mapas; los imprimió.

Publicó un folleto llamado Cosmographiae introductio. Dentro de ese documento había un mapa mundial que hizo algo revolucionario. Etiquetó las tierras recién descubiertas del hemisferio occidental como “América”.

Esta fue la primera vez que el nombre apareció impreso. Antes de ese momento, esas tierras tenían otros nombres, o ninguno en la conciencia europea. Waldseemüller eligió el nombre en honor a Amerigo Vespucci, el explorador italiano que trazó el mapa de la costa de América del Sur. Lo demás es historia.

Para un viajero que planea un viaje a esta parte de Francia, este es un detalle concreto que separa un recorrido turístico estándar de uno históricamente alfabetizado. Los orígenes de la geografía moderna se remontan a una pequeña imprenta en una ciudad de los Vosgos.

Resiliencia en la piedra y la industria

La propia ciudad ha sobrevivido a su propia parte de destrucción. Creció alrededor del monasterio de Saint-Deodatus, también conocido como Dieudonné, que data del siglo VII. El nombre Saint-Dié proviene directamente de esta raíz religiosa. Sirvió como sede episcopal durante siglos.

La Segunda Guerra Mundial pasó factura a la arquitectura. La catedral medieval fue destruida. Nunca volvió.

Pero un edificio resistió. La iglesia románica de Notre-Dame, que data del siglo XII, sobrevivió a la guerra. Si hoy caminas por Saint-Dié, esa estructura de piedra es un recordatorio de lo que perduró. Se erige como el principal ancla histórica de la ciudad.

Más allá de las piedras, Saint-Dié ha reinventado su economía varias veces. En sus inicios fue un centro industrial. Tenía una imprenta que data del siglo XVI, lo que la convertía en el lugar perfecto para trabajar para Waldseemüller.

Más tarde, la economía pasó a los textiles y los productos alimenticios. Éstos eran los pilares tradicionales del empleo local.

Hoy, la economía luce muy diferente. Encontrará fábricas que producen plásticos, repuestos para automóviles y software para computadoras. La ciudad alberga una universidad tecnológica, lo que indica un cambio hacia industrias basadas en el conocimiento. Esta evolución de imprentas a centros de software refleja la transición económica más amplia de Francia.

¿Por qué visitar Saint-Dié ahora?

Quizás se pregunte por qué un viajero debería desviarse hacia esta localidad. La respuesta está en la escasez y la profundidad.